PATRICIA HERMIDA\FERROL
Desde sus orígenes
en la cuna celta, el ferrolano valle de Esmelle ha mantenido una mágica relación
con el agua. Durante siglos, las corrientes fluviales de los tres riachuelos que
recorren sus tierras han puesto en marcha los molinos y surtido a los lavaderos
públicos. En una revalorización del espíritu tradicional de colaboración
vecinal, los habitantes de la parroquia han emprendido una ambiciosa
rehabilitación de sus antiquísimas instalaciones.
Semiescondidos bajo las casas o en derruidos edificios aislados, una red
de veintidós molinos de agua perviven en Esmelle, algunos casi desde el siglo
XII. En un quijotesco empeño, y de modo voluntario, una comisión vecinal apostó
por su recuperación en octubre. Contactando con los propietarios, procedieron a
su limpieza gratuita durante una vez al mes. Al principio, el empeño partió de
un quinteto: Rafael Fernández, la arquitecta Susana Blanco, la ingeniera
Beatriz Santiago, Carlos Piñeiro como asesor y el concejal socialista Manuel
Lorenzo Ramos. En el primer domingo consiguieron reunir a doce vecinos hoz en
mano, pero al siguiente mes ya rondaban la treintena.
En labores de desbroce y limpieza, han descubierto un antiguo lavadero y
trabajan ahora en la recuperación de dos molinos y otros pilones. Pronto
iniciarán la mejora de los restos castrenses de Tralocastro de Esmelle, con la
petición a Patrimonio de la plantación de especies autóctonas una vez
finalice el proceso de concentración parcelaria. En torno a estos vestigios
medievales y celtas se creará una ruta de senderismo y una galería museística.
La intención vecinal pasa por transformar un molino en un prototipo de
funcionamiento, otro en un museo etnográfico y un tercero en un centro de
interpretación de agua, flora y fauna.
Pero antes se necesitará todo un proceso de puesta en valor de su
estructura. La comisión vecinal, que de momento actúa gratuitamente y sin
subvenciones, implantará una escuela taller para que los jóvenes colaboren en
la restauración de la piedra de los molinos. Para este magno programa, que llegó
a presentarse a los premios Agader que concede la Xunta, el Ayuntamiento ha
prometido su apoyo. Se estudia una fórmula de concesión: el municipio tomaría
en propiedad un molino durante unos años, para restaurarlo y convertirlo en
centro de visitas. Y con esta iniciativa piloto podría despegar el turismo en
la zona rural ferrolana.
Todos los proyectos han sido valorados por técnicos, e incluso algunos
de ellos tutelados por la Universidade da Coruña. Los propietarios actuales de
los terrenos también han sido animados para presentar propuestas empresariales
o de recuperación al plan Proder, y obtener así la subvención de fondos
europeos.
Aunque, de momento, el programa también depende de la ejecución de la
concentración parcelaria. Cuando finalice el trazado de lindes algunos de los
molinos pasarán a nuevos dueños. Mientras tanto, los vecinos continúan su
labor comunitaria y un domingo al mes, si el tiempo acompaña, retoman la
rehabilitación desinteresada de su entorno etnográfico. El espíritu
emprendedor no es nuevo: el local social de Esmelle fue construido por las
propias manos vecinales, al igual que las antiguas comunidades edificaban sus
granjas y hogares.
Presumiendo de microclima
Si de algo presumen los vecinos de Esmelle es de la supuesta existencia
de un microclima en su valle. Según Manuel Lorenzo, "na zona dos muíños,
a variación da temperatura é de tres graos máis que no resto do municipio por
estar resgardada dos ventos e do mar''. También en sus laderas se encuentran
plantas medicinales y una rica fauna autóctona.
En los fervores de las fiestas comenzó a fraguarse esta iniciativa de recuperación rural. Hace siete años, la revista local ya mostraba dos artículos sobre los molinos y los restos castrenses. En los vecinos nacía un gran interés por salvar de las ruinas a mecanismos fluviales de los siglos XII o XIII. Y con el inicio de las romerías en torno al castro, hace tres años, se reafirmó la necesidad de una gran actuación patrimonial. Hasta la década de los cincuenta, los molinos generaban la energía eléctrica que sustentaba al Ferrol rural. En pleno siglo XXI, el afán por instalarse en las nuevas tecnologías se desboca. Entre los múltiples proyectos vecinales para Esmelle figura la conversión de un molino en aula audiovisual y centro de interpretación del agua. En sus instalaciones, conoceremos los usos del agua y el mecanismo para transformar el grano en harina