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Extraído
de una recopilación de 100 artículos
publicados en LA VOZ DE GALICIA por Alvaro
Cunqueiro. LAS ESTANCIAS DE ESMELLE (17-01-1954) Para la fantasía de mis historias, hubo un tiempo en que solía imaginarme una selva, la antigua y lejana selva de Esmelle, y en la selva un palacio o un castillo, al que llamaba Narahío. Ambos nombres están en la toponimia galaica, y si a las tres sílabas de Esmelle yo atribuía, sólo con decirlas, la imagen de una oscura y dilatada soledad, con decir Narahío, decía algo de gentileza incomparable, esbelto y nervioso, y las altas y finas torres del mismo color anaranjado de este nombre. La llana gravedad y serenidad de Esmelle, se oponía a la almenada lanza Narahío. Ambos y dos eran nombres sonoros y significativos, intensamente coloreados, de la misteriosa familia de los nombres «que se ven», palabras en las que el color es una de las partes más vivas y radicales de su arquitectura. Exactamente en el mismo sentido en que tal cosa acontece en el arte de la pintura, donde por comodidad llamamos impresionismo. Como no creo en la improvisación y sí en la paciencia, creo que un escritor puede aprender a decir en la pintura, y en el mismo sentido de aceptada y momentánea totalidad que un cuadro recoge, y aun allí donde la pintura pudiera definirse como voluntad y representación. Véase todo lo que en Stendhal hay de figuras e iluminaciones de la pintura italiana, y todo lo que Proust aprende en Corot, precisamente en los pequeños Corot de Italia, paisajes que casi deletrea y en los que sorprende aquellas formas coloreadas, conformadas por el peso del color –«Guermantes, la couleur mordorée de son nom»–, que pretenderá repetir en la sensible y morosa penumbra de sus libros. (Por Proust, y en «utraque lingua», yo hacía ejercicios de versificación sobre los pequeños Corot: «Pensativa
de azul, Umbría melodiosa: O también, viendo romper las torres la neblina: «A
camelia do ceo esfolía mansa pombas de lento
vó: Pero volvamos a Esmelle y a Narahío, a la selva y al palacio. La selva está tendida, como una enorme sombra, al borde de un camino que va de Maguncia a Compostela, y Narahío está en su corazón, en una colina. A la selva la cruza un río, que al pasar por Narahío se rompe en canales y sosiega en estanques y aun represa en un molino antes de seguir viaje: hay dos vados alegres para pasarlo, y en la calzada que lleva al castillo, un puente con una torre, y el terrero maestro de las palomas mensajeras, que las manda al castillo diciendo quien pasa el puente, si don Gaiferos o don Montesinos camino de París, un peregrino desconocido o la simpar doña Oriana. Más allá del puente hay junqueras y paludes, en las que medra viciosa la esbelta arunda, la caña brava, y de allí en adelante comienzan el praderío y los pumares. Como tengo por mapa –cosa a la que soy aficionado–, la selva y el claro y el camino, ando por Esmelle como por casa, y aún ayer, escribiendo un viaje de Fausto, mozo, tuve que hacerle dar la vuelta por un camino travesero, que en invierno desbordan las lamas, y todo el camino bajo es una gran laguna. Mi casa, en Maguncia, la casa desde donde yo veía el ir y venir del joven Fausto, y por eso ahora podré contar cualquier día sus mocedades, era la primera de la calle de los Caballeros, viniendo de la plaza del Obispo, a mano izquierda. Los que hayan estado en Maguncia quizás la recuerden, por aquel reloj de sol que tiene en la fachada, representando a un unicornio dormido, cuyo cuerno abarquillado y salutífero da la sombra de las horas. Fausto vivía en el Arco de las Espadas, en la casa que fue de la Dama de Viena, una señora de mucho ver y singular hermosura, a la que amores desgraciados trajeron a morir a Maguncia va para más de cien años. Fausto, al igual que yo, estudiaba humanidades en San Nicolás de los Tilos: sobre los tilos, ponía en el plano de Maguncia a toda la parleruela mirlería. Llevábamos ambos el mismo bicornio ladeado y la banda verde a la cintura...Senderos hay en Esmelle que no pueden, por el boscaje, seguir los de a caballo, pero por el claro los caballeros hacen volar los palafrenes. Subiendo a las altas torres de Narahío, se contempla la sombra de la selva y el espejo de la laguna, y los montes del Arneiro, azules, negros, y más allá los Ancares, con la corona de la nieve, y al poniente, en los claros mediodías, las torres compostelanas, y aquel último despeje luminoso del cielo, ¿no es el aire marino? Tantas veces me he contado a mí mismo las estancias de Esmelle, que ya me parece existan la selva y el castillo, y sea yo aquel rapacete que con la gorra en la mano llama a la grande y ferrada puerta para ser recibido por paje y portacolas de la señora infanta: una niña de cristal y membrillo, blanca y la sonrisa dulce y los asombrados ojos negros.
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